Olivetianos en Acción

¿PUDO SER OLIVETTI UNA DE LAS GRANDES DE LA ELECTRÓNICA?

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Quizá la mayor parte de nosotros pueda pensar que la pregunta tiene una respuesta obvia y tajante: no. No pudo serlo como tampoco lograron serlo otros grandes campeones nacionales europeos de hace casi medio siglo y que entonces tuvieron un determinado protagonismo en el sector: Siemens, en Alemania; Bull, en Francia y, en el Reino Unido, ICL. ¿Por qué podía haberlo sido la italiana Olivetti?

Cuando celebramos la fiesta del Centenario, en uno de los parlamentos, durante la sobremesa de aquel 18 de octubre de hace dos años, nuestro compañero Josep Gubau nos respondió de manera sencilla y breve a esta pregunta. “Olivetti tenía una estructura industrial, comercial y de servicios basada en la tecnología mecánica. El costo que implicaba la reconversión en industria electrónica hizo absolutamente inviable esta posibilidad.” Es muy posible que todos coincidiéramos entonces con él. Y, sin embargo, si retrocediéramos en el tiempo algo menos de 50 años, veríamos que el devenir de nuestra empresa quizá pudo haber sido otro.

Habrá quien me dirá que no tiene apenas sentido escribir sobre lo que pudo haber sido y no fue. Que lo deje para los letristas de tangos o de coplas. A pesar de ello creo que vale la pena recuperar parte de la historia de Olivetti y contarla brevemente aquí, porque estoy convencido que contiene episodios muy interesantes e ilustrativos y que pocos olivetianos españoles apenas conocen.

Antes de adentrarme por terrenos casi ignotos para nosotros, me apetecía seguir narrando algunas vivencias personales para añadir algunos capítulos más, relativamente fáciles de pergeñar, a aquella serie de “Recuerdos de un Olivetiano desmemoriado”. Algunos compañeros así me lo habían pedido. Iba a reiniciar la narración de tanto como tenemos para recordar con las vicisitudes que vivimos con la Programma 101, aquella magnífica máquina, precursora del ordenador personal, que se anticipó en nada menos que 15 años al PC. A tal fin empecé a recopilar la pertinente documentación. En las primeras fases de la búsqueda recordé el nombre de un equipo que en España no conocimos pero del que habíamos oído hablar como de algo extraño y en cierto modo ajeno a las capacidades y a la vocación de Olivetti: el ELEA 9003. Consideré que podía resultar de interés recuperar su memoria. Y todo ello, casi sin pretenderlo, me llevó hasta conocer la relación inicial que Olivetti tuvo con la emergente tecnología electrónica en la década de los años 50.

El ELEA 9003 instalado en Monte Paschi de Siena Consola central del ELEA

El escritor Valerio Ochetto (no confundir con Acchile Ochetto, el que fuera secretario general del partido comunista italiano), en su biografía de Adriano Olivetti, nos dice que parece ser que el primero que orientó a Adriano hacía la vía de la electrónica fue Enrico Fermi, el físico experimental y teórico italiano galardonado con el Premio Nobel en 1938. Fermi visitó la fábrica de Ivrea en 1949. Ochetto recuerda que los primeros ordenadores de tecnología electrónica aparecen en el mercado americano en la segunda mitad de los 50 de la mano de UNIVAC y de IBM. La visión estratégica de Adriano le ayuda a intuir que la electrónica brindará la oportunidad de quemar las etapas necesarias para anular el retraso de la industria italiana, estimado en unos quince años, con las industrias americanas de referencia. El ingeniero Pier Giorgio Perotto, el padre de la Programma 101, a cuyos testimonios habré de recurrir continuamente, afirmaba que la capacidad de “lungomiranza” (bella palabra italiana que me resisto a traducir) de Adriano le llevó a ver en la electrónica antes que los demás una oportunidad nueva, que podía constituir un estímulo para una empresa que siempre había desarrollado tecnologías completamente mecánicas. Sostenía, ya entonces, que la electrónica habría podido aportar “una contribución real no sólo al desarrollo tecnológico y organizativo del país, sino también a su imprescindible progreso social y humano”.

El ingeniero Pier Giorgio Perotto Uno de los primeros anuncios de la P101

A partir de aquí, mi principal fuente de información es el citado Pier Giorgio Perotto. Nació en Turín en 1930. Después de cursar los estudios de ingeniería trabajó durante un breve período de tiempo en el Politécnico de su ciudad natal y luego ingresó en FIAT. En 1958, llegó a Olivetti, tras responder a un anuncio en prensa. Fue el propio Adriano el que culminó el proceso de su selección. Contaba Perotto que, a punto de concluir la entrevista final, Adriano le tendió una hoja de papel. Le pidió que escribiera en ella algunas líneas y que firmara. Adriano, que debería tener alguna afición a la grafología, después de analizar someramente el escrito, le dijo: Está usted contratado. Algo debió ver en el joven ingeniero, no sólo en aquella muestra grafológica, pero seguramente no pudo imaginar que acababa de incorporar al patrimonio humano de la empresa uno de sus activos más valiosos.

Al llegar aquí debería remitiros a la lectura de uno de los diversos e interesantes libros que escribió Perotto a lo largo de su vida. Se titula Programma 101. Su subtítulo: L’invenzione del personal computer: una storia mai raccontata. Lo encontraréis en Internet en  www.piergiorgioperotto.it/libriperotto

Naturalmente está en italiano. De existir una traducción al castellano, este artículo se terminaba aquí. Nadie como él ni con más autoridad y con total conocimiento de causa pudo haber escrito bajo ese título la historia real, vivida en primera persona, del inicio y de los logros de Olivetti en los albores de una tecnología que, en pocos años, había de cambiar nuestras vidas. Concluye su relato, claro está, con el abandono por parte de Olivetti de aquella dirección estratégica unos pocos años después de la muerte de Adriano. Del título pudiera inferirse que, en ese libro, va a ocuparse sólo o principalmente de la primera máquina electrónica programable y de sobremesa, pero no es así. Suyos fueron la idea y el proyecto de esa máquina que significó un giro copernicano en la industria. En homenaje a su creador fue bautizada en Italia como la “perottina”. Pero no es aquí el lugar para ocuparnos de ella. Dejaremos los detalles de una historia apasionante para otro capítulo.

Para quienes prefieran un camino más corto y sin la dificultad del idioma que implica la lectura del libro de Perotto en su versión original, resumo algo de lo que cuenta, con aguda visión estratégica y crítica, no exenta de sentido del humor, el ingeniero turinés. También podéis encontrar un sucinto resumen de este inicio en la electrónica en el capítulo “La Divisione Elettronica Olivetti: un’occasione perduta negli anni ’60?” en www.storiaolivetti.it. Naturalmente, también en italiano.

Pero recordemos antes que, ya en 1952, Dino Olivetti, el hermano menor de Adriano, había abierto en la ciudad de New Canaan, en el estado norteamericano de Connecticut, un pequeño laboratorio con el objetivo de explorar las posibles aplicaciones de la apenas emergente electrónica a las máquinas de oficina. No consta que por entonces se obtuvieran conclusiones prácticas. El centro se mantuvo activo hasta los primeros años 60. Entonces fue sustituido por el centro de investigación avanzada de Cupertino, en California.

La fábrica de Underwood, en Hartford, Cunnecticut Fase de control de P101

Ya antes, en 1949, la empresa había cerrado un acuerdo con la francesa Compagnie de Machines Bull para comercializar máquinas de tarjetas perforadas.

En 1955, por iniciativa de Enrico Fermi y de Edoardo Amaldi, también físico eminente, Olivetti se asoció a la universidad de Pisa para realizar conjuntamente el que habría de ser el primer gran ordenador italiano. Se constituyó un grupo mixto de investigadores y proyectistas académicos e industriales. La relación entre universidad y empresa se mostró muy útil inicialmente, pero luego surgieron diferencias en el planteamiento estratégico y, aun conservando siempre buenas relaciones entre ellas, se constituyeron laboratorios separados. Roberto Olivetti, hijo de Adriano, decidió lanzar un proyecto propio para fabricar un ordenador de propósito general para aplicaciones industriales y comerciales. El laboratorio de Olivetti estaba situado en el elegante barrio pisano de Barbaricina, “rico de verde, de casas señoriales y conocido por sus cuadras de caballos de carreras”, recordaba Perotto. “Las personas que trabajaban allí procedían en buen número de América y de Inglaterra y habían trabajado en centros donde se habían construido los primeros calculadores electrónicos”.

El laboratorio estaba dirigido por Mario Tchou, un ingeniero que era hijo de un diplomático chino ante el Vaticano. Era otro fichaje de Adriano Olivetti, que lo reclutó en Nueva York, en donde había adquirido su formación electrónica en el laboratorio Watson, financiado por IBM. De él decía Perotto que “daba la impresión de conjugar alta tecnología con cultura milenaria.” También decía que, cuando él fue seleccionado, los directivos de Olivetti que conoció le parecieron personas de otro mundo, destilaban cultura por todos los poros en contraste con los hombres Fiat…

Un día Tchou encargó a Perotto el diseño y la fabricación de un pequeño elemento electrónico que fuera capaz de convertir las cintas perforadas que producían las máquinas contables y facturadoras electromecánicas en tarjetas perforadas capaces de ser leídas directamente por el ordenador central. Este proyecto, que culminó con un éxito total, le dio ocasión a Perotto de conocer la actitud antagonista por no decir hostil que los proyectistas que trabajaban en Ivrea - “la bella dalle rosse torri, citadella del potere”, como la define en su libro - frente a los investigadores de Pisa.

Por eso afirma que “la finura y la diplomacia de Tchou, que debía nadar y guardar la ropa entre Ivrea y Pisa, parecían las virtudes más adecuadas en aquella situación y empecé a comprender las razones de la elección de Adriano cuando lo descubrió. No por casualidad, las intuiciones de Adriano, cuando se trataba de elegir a las personas, formaban parte de la leyenda…Los investigadores de Pisa estaban muy mal vistos por el establishment de Ivrea y considerados más o menos como personajes que iban a la caza de mariposas y que, en la mejor de las hipótesis nunca conseguirían nada.” Esta actitud era un indudable síntoma de la animadversión de Ivrea quizá no tanto hacia determinadas personas sino hacia la tecnología emergente que era percibida como una amenaza y no como una gran oportunidad estratégica. Perotto afirma que el proyecto que le había encargado Tchou le permitió conocer a los proyectistas de Olivetti que trabajaban en Ivrea y comprender el clima de tensión y de dificultad en el que se trabajaba en el laboratorio de Pisa. “Me di cuenta de que las actitudes informales y el vestir provocativamente de manera descuidada (sus compañeros de Pisa) eran sólo un barniz exterior que escondió una voluntad tenaz de afirmar valores diversos respecto a la burocracia y al orden un poco teutónico de la fábrica piamontesa.”

Otorino Belltrami Grupo de investigadores electrónicos en Olivetti

Naturalmente, en el laboratorio se había dedicado la mayor parte de los recursos al proyecto principal, el Elea 9003, primer ordenador a transistores fabricado en el mundo. En un próximo artículo le prestaremos toda la atención que merece. Se hacía necesario un logro rápido para ganarse la confianza y el respeto de los dirigentes de Ivrea. Era preciso, al costo que fuera, presentar el convertidor en la Feria de Milán de 1958. Trabajando día y noche, se dio vida al CBS, acrónimo de “convertitore banda schede”. Fue el primer objeto electrónico fabricado por Olivetti. Era el pionero, el primer indicador del inicio de una cadena de productos de una tecnología nueva y más avanzada. Pareció que así iba a ser, cuando al año siguiente, se presentó en la Feria de la capital lombarda el Elea 9003.

Sin embargo, a partir de entonces iba a producirse una serie de acontecimientos desgraciados y decisivos para clausurar lo que parecía una nueva orientación estratégica de la empresa. El viernes 2 de octubre de 1959, la noticia de la compra de la norteamericana Underwood por parte de Olivetti da la vuelta al mundo. Lo que entonces pareció una jugada maestra constituyó, en realidad, el primer gran error estratégico en su historia. Pero no son éstos ni el lugar ni el momento de detenerse aquí a analizarlo.

Lo peor estaba por llegar. El 27 de febrero de 1960, Adriano muere fulminado por un ataque al corazón en el tren que había de conducirle de Milán a Ginebra. Y un año después, Mario Tchou desaparece también de la escena en un trágico accidente automovilístico en la autopista Milán-Turín.

Por entonces, el laboratorio se había trasladado a Borgolombardo, al sur de Milán. Para racionalizar este sector de negocio, en octubre de 1962, el laboratorio de investigación electrónica y la sociedad Olivetti-Bull se convierten en la División Electrónica Olivetti. Roberto Olivetti, el nuevo administrador delegado del Grupo, confía la dirección de la misma a Ottorino Beltrami. Esta nueva estructura cuenta entonces con cerca de 2.000 empleados. El laboratorio se traslada de nuevo, esta vez a Pregnano Milanese; la producción se establece en Caluso, próxima a Ivrea, y los comerciales, en vía Pirelli, en Milán.

Como nos recuerda Perotto, en el inicio de la década de los 60, la estructura financiera de la empresa era muy débil e incapaz de afrontar las inversiones que exigían los nuevos desafíos. El 70 % de las acciones estaban en manos de los descendientes del fundador y el resto pertenecía a directivos y personas afines a la empresa. La compra de la Underwood y las nuevas inversiones exigieron aumentos de capital que pasaron de 10 a 60 mil millones de liras en el período 58-64. De las deudas contraídas con la banca respondían como garantía las viejas acciones. Con la crisis económica de los primeros 60’, que significó el fin del "milagro italiano”, los títulos Olivetti se desplomaron en la Bolsa: desde 11.000 al inicio de 1962 cayeron a poco más de 2.900 en agosto de 1963 y, en marzo del siguiente año, llegaron a 1.500 enteros. El fin de cualquier sueño de gloria, en palabras de Perotto.

En un artículo titulado “Pc, una invención italiana”, que venía a ser una síntesis de su libro antes citado y que publicó en la revista Next on Line, el propio Perotto, poco tiempo antes de su muerte, cuenta, con la autoridad que le confiere el haber sido testigo en primera línea, el desenlace de aquella iniciativa. Atendamos a lo que dejó escrito el ingeniero turinés:

“El resultado fue que, a su muerte, la de Adriano Olivetti, la operación electrónica de Olivetti entró en una crisis que no sabría definir si fue más ideológica que financiera, que por otra parte afectó a toda la empresa. Me cupo la suerte de ser testigo directo de la dramática situación, que concluyó, en 1964, con la infausta renuncia y la cesión de todo el sector electrónico a la General Electric…

La cesión de la división electrónica de Olivetti se realizó – en absurda coincidencia con el despegue de la revolución microelectrónica mundial – por la determinación precisa de los poderes financieros y de la industria nacional de matar la iniciativa, ante la total indiferencia de las fuerzas políticas.

Y prosigue Perotto: “Recuerdo perfectamente la declaración del profesor Valletta (presidente de la Fiat e inspirador del grupo de intervención que al inicio de 1964 tomó las riendas de Olivetti) a propósito de la crisis:

“La sociedad de Ivrea es sólida estructuralmente y podrá superar sin grandes dificultades el momento crítico. Pero sobre su futuro pende una amenaza, un lunar que hay que extirpar: el haberse introducido en el sector electrónico, para el cual son necesarias inversiones que ninguna industria italiana puede afrontar”

No hace falta mucho para entender, cuando el nuevo management tomó el mando, cuál iba a ser la suerte de la electrónica. No hubo ninguna declaración oficial, pero la estrategia empresarial fue la de un relanzamiento general de todos los productos mecánicos; todo ello en una ambiente de gran pompa, organizando una presentación en la feria internacional de productos de oficina a celebrar en octubre de 1965, en Nueva York.”

Perotto se explaya después en diversos razonamientos sobre la estrategia o “la falta de estrategia” que comportaba la consolidación del viejo rumbo de Olivetti mantenido por una dirección obsoleta incapaz de comprender, valorar, hacer frente y aprovechar las nuevas oportunidades inherentes a un cambio de escenario tan radical. Todo ello ante la más absoluta indiferencia de la banca, los sindicatos y los políticos del país.

En próximos capítulos, tendremos ocasión de volver sobre un tema que se me antoja muy ilustrativo y, desde luego, digno de atención por parte de las escuelas de negocios, concretamente en el área de la Dirección Estratégica. Centraremos nuestra atención a la concepción, fabricación y distribución de dos productos tan singulares en su tiempo como fueron el ELEA 9003 y la Programma 101.

José Manuel Aguirre

Julio de 2010

 

La reproducción de las fotografías que ilustran este artículo se realiza con la autorización del Archivio Storico Olivetti, a quien el autor agradece su colaboración. Fuera del ámbito de este trabajo, está estrictamente prohibida la reproducción de tales fotografías.

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