Olivetianos en acción

UN HOMENAJE SENCILLO, PERO MUY SENTIDO

 

Casi todos los jueves, un grupo de compañeros se reúne en torno a una buena mesa en el que hemos venido en denominar “txoco Olivetti”. Ignoro por qué se le ha dado este nombre a una de las dependencias que Pepe Royuela y Eusebio Calvo ponen generosamente a nuestra disposición en su empresa Euroservices de Barcelona. Tengo la suerte de ser uno de los asiduos a estas reuniones gastronómicas que son mucho más que eso. El placer de compartir las delicatessen preparadas de ordinario por Josep Jordi Seluy - con ser grande – no es el mayor que nos concedemos. Tampoco adquiere esa categoría cuando otros expertos chefs nos deleitan con alguna de sus especialidades. Y ya cuando alguna de las consortes de algún olivettiano nos obsequia con alguna exquisita muestra de su repertorio culinario la cosa alcanza cotas muy elevadas. (Algún malicioso llegó a decir: claro, pobrecillos, como la mayoría de ellos no conoce ya más placeres que los de la mesa…).Además de ser una falacia, es manifestación de pura envidia, digo yo, porque siendo éstos muy importantes, se quedan pequeños al compararlos con el que nos proporciona un jueves tras otro la conversación amena y casi siempre distendida durante el almuerzo y luego en la larga sobremesa que le sigue.

El grupo de comensales está compuesto por un número variable compañeros de todas las tendencias políticas: conservadores (algunos mucho), progres de diversos calibres, nacionalistas varios y algún despistado. Cuando la tertulia transcurre por los espinosos cauces del debate de la cosa pública, se eleva el tono de las voces, aumenta la molesta neblina generada por los puritos canarios de los que algunos hacen un consumo exagerado y se acrecienta el trasiego de licor. Pero no llega nunca la sangre al río ni el licor se agota. Y tampoco la discusión sobre estas cuestiones se prolonga por mucho tiempo. Se habla poco de fútbol (buena señal de la salud mental del grupo). Son los más diversos temas de actualidad los que en mayor medida alimentan el debate. Para que éste no decaiga, Antonio Ibars casi siempre trae algún argumento nuevo en el zurrón. Naturalmente, también se evocan determinados episodios de la vida profesional de cada uno, pero no es la nostalgia el catalizador oculto de esa amalgama feliz.

Debo confesar que para mí (y posiblemente para algún otro como yo) estos encuentros tienen otro particular valor añadido. La mayor parte de los partícipes proceden del Stac. Con algunos de ellos apenas si había tenido relación durante nuestras dilatadas trayectorias profesionales en Olivetti. Nos conocíamos, naturalmente. Pero apenas habíamos coincidido. En una empresa tan grande como la nuestra, esa categoría de conocidos puede tomar un valor variable dentro de un amplia escala de posibilidades: desde la relación superficial, efímera y lejana hasta el conocimiento profundo, sólido y bien arraigado. Por consiguiente, no debiera extrañar a nadie que afirme que mi reciente incorporación a esas gratas reuniones de los jueves ha hecho posible que, con algunas personas a las que conocía relativamente poco, más allá del sentimiento común de pertenencia, se haya establecido de manera fácil y rápida una relación de compañerismo que me resulta muy gratificante.

El grupo se ha ido enriqueciendo con la incorporación de algunos compañeros que recientemente han puesto fin a su dilatada y eficaz vida profesional. Tal es el caso de Juan Emilio García Ventosa y de Eduardo Olivera Andreu, que dejaron de pertenecer a la plantilla de Tecnocom a primeros de año. También les llegó la hora de incorporarse a una vida más descansada a José Tomás Rebled y a José Jordi Seluy, si bien éstos ya eran componentes habituales del grupo cuando todavía estaban en activo.

            

Tras muchos años de trabajo intenso y fecundo, los cuatro tenían bien merecidos el reconocimiento y la felicitación de sus compañeros. Y así, la comida en el Txoco tuvo un significado muy especial aquel jueves del pasado 22 de enero. Quisimos rendirles a todos ellos un sencillo pero sentido homenaje a la par que testimoniarles nuestros sinceros deseos de larga vida llena de fecundos proyectos y realizaciones.

Tantos años de trabajo, de esfuerzo, de preparación profesional continuada, de dura lucha diaria con los problemas, de contacto profesional con clientes de la más diversa naturaleza, de colaboración estrecha con los compañeros de la comercial habrán generado situaciones difíciles, insólitas, divertidas y también muy estimulantes, a veces, y altamente frustrantes en otras. Seguro que muchas de ellas están todavía frescas en la memoria de los cuatro y hubiera sido muy grato para sus compañeros olivetianos el compartirlas con ellos. Les invitamos a contarnos algo de todo ello desde ese foro amplio y con todo el público a favor que es nuestra página web. Sólo Rebled ha querido hacerlo. Los demás han preferido conversar con este reportero trazando una síntesis muy escueta de su experiencia profesional en Olivetti.


Juan Emilio García Ventosa, barcelonés, es ingeniero técnico industrial. Me explicaba que trabajar en nuestra empresa significó una larga etapa muy importante y muy dura a la vez. El trabajo en primera línea es siempre muy duro y más durante tanto tiempo, Experimenta una cierta sensación de liberación cuando recuerda lo que él define como las angustias de los últimos años.

Juan Emilio al terminar sus estudios, empezó a trabajar en otra empresa. Optó por Olivetti en 1975 (el 27 de enero fue su primera jornada laboral), seguro de que aquí tendría un futuro mejor. Recuerda con cierta nostalgia aquel curso de primera formación que impartían Perdiguer, maestro de tantos y tan buenos técnicos, y Virgilio Sanz en los locales de la calle Llacuna. Su primer destino le llevó a Murcia para sustituir a García Cerrillos, como jefe de taller. Regresó a Barcelona para ocupar el mismo cargo en la sucursal de Gràcia. Pasó luego a Llacuna donde se hizo cargo de la gestión de externos. Sin precisarme las fechas, me dice que más adelante le encargaron de la gestión de todo el catálogo de Office Products, ya desde Ronda Universidad. Ello le permitió – o le obligó, según quiera considerarse – viajar por toda España. No le pregunté si esta circunstancia había significado un plus en su trabajo o una cierta incomodidad. Cuando se produjo el malhadado episodio del split, la OSN lo reclamó para sí.

Me dice que esta multinacional, a la que reconoce su carácter de gran empresa, no pudo nunca sustraerse a un gran espíritu paternalista y familiar. Me confiesa que han sido muchos los episodios gratos a lo largo de su carrera, todos ellos compartidos con sus compañeros, pero no ha querido relatarme alguno vivido en circunstancias especiales, que lo doten de una particular importancia.

Me cuenta que su gran afición es la fotografía. Recuerda con especial añoranza los tiempos de la fotografía analógica. Disfrutaba lo suyo en el laboratorio trabajando indistintamente con originales en blanco y negro o en color. Ahora ha incorporado la tecnología digital. El laboratorio ha quedado sustituido por los diversos programas de edición y retoque de imágenes, en especial del popular Photoshop. Pero la fotografía no constituye su única afición. La comparte con la informática, los viajes y los largos paseos por la montaña. Es un buen lector, especialmente de novelas históricas.

Cuando le pregunto cómo es, no duda en la respuesta. Soy introvertido y trabajador, me dice. Me gusta acabar lo que empiezo. Soy cumplidor y puntual.


Nuestro compañero Eduardo Olivera Andreu es un aragonés de pro, concretamente de la localidad oscense de Castejón de Sos.

También ingeniero técnico es todo un veterano, ya que ingresó en Olivetti en setiembre de 1969. Sus primeros recuerdos se concretan en las entrevistas que sostuvo con nuestro añorado Trenado, en la sucursal de Zaragoza y en el posterior curso de primera formación, dirigido – cómo no – por Perdiguer.

Su primer destino lo llevó al Stac central, de donde pasó enseguida a la sucursal de Palma de Mallorca, cuando era director de la misma Enrique Arboleya .Tras una corta estancia allí regresó a Barcelona y volvió enseguida a la isla para quedarse en ella durante tres años como técnico de productos de la General Line. De allí pasó a la sucursal de Mataró, entonces dirigida por Jordi Martí Morella. Desempeñó durante unos cuatro años el cargo de jefe de taller. Cuando la sucursal devino concesión, lo destinaron a Barcelona. Eran ya otros tiempos. En la calle Llacuna, tras el oportuno período de formación, se hizo cargo de la gestión de productos tales como la Auditronic 770 y la Audit 7. Cuando habla de esa época se le iluminan los ojos. Califica de muy interesante a ese período de su vida. Percibió el nuevo encargo como una promoción muy grande. Por aquel entonces trabajó a las órdenes de Alcarria.

Resume los últimos años de su vida profesional como un tiempo “en el que había que hacer de todo”. Siempre con base en Barcelona, fue nombrado responsable del área Este, que comprendía las zonas de Cataluña, Baleares y Levante. Más tarde, con el pomposo título de Customer Service Representative, sustituyó a Seluy en la gestión de una serie de clientes de importancia estratégica, entre ellos La Caixa, Alliance y la Caixa de Catalunya.

Su último encargo consistió en sustituir a Eusebio Calvo, cuando éste se marchó, como Director de Área, a las órdenes de José Tomás Rebled. Me confiesa que esa fue ya una etapa muy difícil. Los clientes ponían el precio del servicio por delante de la calidad. Se contrataba en régimen de auténtica subasta. Aunque las actividades y políticas de los competidores no le han quitado nunca el sueño, no puede olvidar las agresivas ofertas de Fujitsu, con precios incomprensiblemente bajos.

Eduardo me dice que todos sus buenos recuerdos están vinculados a la gente de Olivetti y a su familia más próxima, en particular a su hermano. Me confiesa que está agradecido a la vida y ha sabido siempre adaptarse bien a lo que tenía en cada momento. Como además goza de buena salud, concluye que no se puede quejar, si bien de inmediato se recrimina el haber dedicado demasiado tiempo al trabajo y poco a la familia.

Me declara su gratitud a Olivetti. Es una empresa, me dice, en donde me he encontrado siempre bien. En ella me he podido desarrollar como persona y profesionalmente. También en su ambiente de trabajo ha encontrado amigos para toda la vida. Tiene un recuerdo muy especial para Antonio Pajuelo, José Martínez Melé, Antonio Ibars, José Tomás Rebled… No quiere cerrar la lista de sus predilectos sin nombrar a Manuel Añanos y a Julio García Ochoa, ambos de Madrid.

Se define como una persona leal, seria y responsable. Afirma que ha sido así durante toda su vida.

Se declara un buen deportista de sofá. Le gusta toda clase de deportes por televisión, en especial el fútbol – feliz seguidor del Barça – y el tenis. Le interesan también las noticias. Como deportista activo le gusta el gimnasio y realizar prácticas de golf. En otro orden de cosas, le gusta la música – ha empezado a tocar la guitarra - , los bailes de salón, el estudio del inglés y los viajes.


A Josep Jordi Seluy lo conozco desde hace muchos años. Creo que las jornadas de los jueves han acabado por transferirnos de la categoría de antiguos conocidos a la de muy buenos amigos. No ha querido escribir sus recuerdos, pero ha sido muy fácil para él hacerme un resumen muy interesante de su vida. Apenas he tenido que preguntarle nada. Mientras hablaba con Juan Emilio, primero, y con Eduardo después, Jordi Seluy (le llamamos así. Nadie le llama Josep) no estaba pendiente de nosotros. Estaba ocupadísimo recogiendo el menaje utilizado en tan concurrida comida. Pero cuando le llegó su turno, me preguntó “¿Estás preparado?” Y casi, sin esperar mi respuesta, empezó a dictarme.

Empezó por decirme que se formó como persona en las Universidades Laborales. Estuvo siete años en la de Gijón, regentada por los jesuitas. Allí estudió oficialía y maestría industrial. Pasó luego un año en la Laboral de Tarragona, donde cursó la selectividad, para terminar con tres años en Córdoba – coincidió allí con Javier López Bedoya – donde completó el peritaje mecánico.

Conocía la Olivetti porque tenía familiares que habían trabajado en la empresa. Él ingresó el 1 de noviembre de 1967. También fue Trenado la persona encargada de su reclutamiento. Su instructor en el curso de primera formación fue Gallardo. Empezó estudiando las calculadoras de las series 20 y 24. Para él quedaba atrás la DVS 14. Fueron compañeros suyos de promoción Bedoya y Compostizo.

Su primer destino fue el centro de formación de la calle Llacuna, aunque su primer curso a alumnos lo dio en la calle Pamplona. Era director de la escuela entonces Juan Antonio Piña. En ese destino se mantuvo durante siete años. Recuerda que tuvo como alumno en un curso de formación de A7 a Pedro Pastó, llamado a sustituir a Lluis Bellsollell en la dirección del Stac.

Jordi se especializó en productos de la gama alta: A7 y P 600 y 602. La Programma 101 y 203 las aprendió como subproductos de las anteriores. Para ello asistió en Ivrea a cursos de segundo nivel. Mientras tanto, se nombró a Piña jefe de área y le sustituyó en la dirección del Centro José Luis Varas.

Cuando se decidió el traslado del centro de formación a Madrid, con Christian Nouvellon como director, Jordi se negó a trasladarse con él. Pasó entonces a Jefe de Equipo en Barcelona a las órdenes de Enrique Puig. Se responsabilizó de la asistencia de las máquinas contables A5, A6 y A7. Luego siguieron las BCS 2020 y 2035.

El centro de formación de Stac había vuelto a Barcelona. Lo mismo que el taller estaba ubicado en la calle Llacuna. Por aquel entonces nuestro amigo Jordi pasó por una cierta crisis profesional. No veía futuro y pensó en marcharse. Pastó le convenció para que se quedara. Le nombró Product Manager de la A7, con despacho en las oficinas de Ronda. Su misión consistió en crear un grupo de especialistas de producto, prestos a intervenir donde hiciera falta. Jordi recuerda que había unas 120 máquinas instaladas por toda España. No puede olvidar el denominado problema del “aterrizaje de las cabezas”, que rayaban todo el disco. Este grupo de especialistas estaba compuesto por tres personas: Héctor López Montalbán, Antonio Hidalgo Ruiz y Luis Tena.

Al cabo de unos cuatro años, se nombraron tres nuevos Product Managers: José Tomás Rebled, para las máquinas de gestión; Josep Jordi Seluy, para los PC’s: M20 y M24; y Javier López Bedoya, para los productos bancarios.

Cuando Claudio Montagner sustituyó a Pedro Pastó en la dirección del Stac, se inauguró – según recuerda Jordi – un período muy difícil. Le nombraron responsable del software, con una clara orientación de área de negocio. Fue una pesadilla, me recordaba Jordi. Ni los clientes ni nuestros comerciales entendían que el SW tenía un valor que había que cobrar. Desde la perspectiva actual, el problema de entonces hoy resulta ridículo. Se logró reconducir la situación a medias porque se facturaba el SW con el mantenimiento.

Cuando, en su momento, se crearon los Customer Service Representatives, Jordi Seluy pidió incorporarse a ellos. Eusebio Calvo, que entonces era el Jefe del taller de Barcelona, recomendó a Claudio Montagner que encomendara la gestión del SW a Marondo. En su función de carácter comercial, Jordi se sintió como pez en el agua. Consiguió importantes contratos con la Caixa, con Justicia, con el PIE (Programa informático educativo), con Alliance y Caixa de Catalunya, entre otros. Corrían los primeros años 90. Por aquel entonces, los comerciales con los que Jordi colaboró activamente eran García Roca, el llorado Valentín Maneiro, Santasusana y Safont.

Jordi recuerda con no poca tristeza la decisión tomada en su momento por Chema Gil de prescindir de todo el departamento comercial. En 1994, cuando ya no quedaba nadie en ese departamento, le propusieron que se hiciera cargo de él. Y ahí ha seguido hasta el momento de su jubilación.

Hace un balance contradictorio de su larga carrera en Olivetti. Está convencido de que no ha podido explotar al máximo algunas de sus capacidades. Sobre todo en el ámbito comercial. Es consciente de que conocía muy bien los productos y servicios de su oferta y también tenía un profundo conocimiento de los clientes que gestionaba. Entre sus mejores recuerdos están los relacionados con su primer viaje a Ivrea en 1972. Afirma que aprendió mucho en esas experiencias y también formando a los técnicos españoles que fueron sus alumnos.

Cuando le pido que se defina a sí mismo, lo hace como persona muy exigente, consigo mismo y con los demás. Dice que es un perfeccionista. Que le gustan las cosas muy bien hechas. Es muy amigo de sus amigos. Ama la vida al aire libre, el excursionismo y el senderismo. Conoce muy bien los senderos del Montseny. En su infancia y en su juventud fue muy buen jugador de fútbol, deporte que practicó hasta los 40 años. Sustituyó esta afición por la más sosegada de la pesca, actividad que practica en compañía de su buen amigo José Martínez Melé.


Aceptadme esta breve semblanza de estos tres compañeros nuestros como un pequeño pero sentido homenaje a unir a otros que habrán recibido. También en su persona vaya mi afecto y el de muchos compañeros a ese cuerpo altamente especializado de trabajadores de Olivetti que ha sido el Stac. Algún día, alguien con más conocimiento de causa que yo debiera hacernos un análisis riguroso de sus valores y de su cultura. De su aportación a esa magnífica aventura de todos nosotros que ha sido la Olivetti.

José Manuel Aguirre.

Volver

...